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Por un proletariado con cabeza  Descargar documento en PDF

Por Román Munguía Huato*

La izquierda revolucionaria ha de aparecer claramente como

la fuerza más unitaria del proletariado –me refiero ahora al proletariado

en el sentido más amplio de la palabra–. Si  lo consigue,

habrá empezado a abrir brecha. Esto cambiaría ya algo

en el campo político, es la primera meta táctica que hay que alcanzar.

Ernest Mandel. Marxismo abierto.

1. La verdadera tragedia del pueblo mexicano es el de carecer de un auténtico partido revolucionario. A los grandes y graves problemas sociales del país debemos sumar el de la falta de una organización política clasista–proletaria, anticapitalista, antiimperialista, socialista y democrática. En plena crisis del régimen político neoliberal cuyo significado es una relativa crisis de dominación de los sectores oligárquicos sobre determinados sectores populares, el verdadero problema por resolver es la ausencia de una organización clasista, vanguardista revolucionaria. Existe, pues, una profunda crisis de dirección revolucionaria.

La situación actual se podría caracterizar hasta cierto punto –pero solamente hasta cierto punto– de esta manera: Los de arriba ya no pueden gobernar tan fácilmente y los de abajo ya no se dejan gobernar tan fácilmente; dicho de otra forma: los de abajo no quieren ser gobernados como hasta este momento y los de arriba no pueden gobernar como antes. Para ser más precisos, la tendencia de los procesos políticos actuales es hacia una situación coyuntural llena de tensiones sociales y conflictiva. La palabra crisis hace referencia a una decisión fundamental y también a la idea de “separar” algo, pero su significado actual hace referencia al “momento en que se produce un cambio muy marcado en algo”. Entendido aquí el cambio como aquella mutación en la subjetividad colectiva; es decir, cuando las condiciones subjetivas empiezan a materializarse expresándose en crecientes movilizaciones populares, especialmente en un movimiento proletario a cuya cabeza aparecen sectores obreros. La conciencia de clase empieza a materializarse en una fuerza política organizada en un partido.

 

El sentido de una abierta crisis revolucionaria, en palabras de Lenin, se puede resumir del modo siguiente: “Sólo cuando ‘los de abajo’ no quieren vivir como antes, y los ‘de arriba’ no pueden continuar como antes, puede triunfar la revolución”. En efecto, estamos siendo testigos de una incipiente apertura epocal de crisis prerrevolucionaria pero todavía muy lejos de su existencia plena, real, como algunos pretenden ver ilusoriamente cual espejismo en el panorama nacional actual. A su vez, para que la crisis prerrevolucionaria se transforme en una evidente crisis revolucionaria se requiere de condiciones subjetivas extraordinarias que no podemos determinar cuando ocurrirán, pero si que tipo de condiciones son imprescindibles para que suceda. De ello da cuenta Lenin en su texto El “izquierdismo”, enfermedad infantil de comunismo. (1920). Si bien Lenin no habla explícitamente del papel del partido está implícito en su formulación que cuando habla de los revolucionarios éstos están organizados en un partido.[i] Para el proletariado, pues, es indispensable tener una cabeza (la conciencia colectiva organizada), por así decir, que tenga la capacidad de dirigir el movimiento revolucionario.

Hay una profunda crisis del Estado, especialmente el de su actual gobierno panista respecto, entre otras cosas, a su legitimidad política, como resultado de un fraude electoral. El periodo de transición de un régimen autoritario bonapartista hacia uno democrático–burgués sigue abierto y lleno de incertidumbre. Ello depende del resultado de los conflictos de clase a corto y mediano plazo. En el marco de una situación de un gobierno débil políticamente y de un malestar de grandes sectores populares por el hartazgo de la impunidad y la corrupción de la clase política en el poder, una contradicción mayúscula es la inexistencia de una alternativa de poder clasista mediante una organización política de los trabajadores.

2. Desde el año de 1961, José Revueltas había analizado críticamente la cuestión de la ausencia en México de una organización partidista revolucionaria, que a la fecha sigue vigente. Sus profundas reflexiones en su Ensayo sobre un proletariado sin cabeza concluyen en una tesis central del libro: la inexistencia histórica del partido de la clase obrera. Como podemos leer en el prólogo: “A principios de los (años) sesenta, el autor (Revueltas) consideraba que el «marxismo-leninismo» había sido completamente desvirtuado en  México y que había que regresar a su fuente viva y regeneradora”.[ii] En pocas palabras, Revueltas establecía la tesis de una profunda crisis histórica del partido comunista y del movimiento revolucionario en México, y afirmaba tajantemente que “El proletariado mexicano debe desenajenarse de la ideología democrático-burguesa, dos de cuyas ramas «marxistas» son, de una parte, el Partido Comunista Mexicano, y de la otra el lombardismo. La liquidación ideológica de ambas corrientes es el requisito indispensable para que la conciencia obrera pueda convertirse en la conciencia organizada y concreta de su clase, es decir, en su partido”. [iii] Revueltas, afirma entonces de la necesidad del partido proletario de clase como cabeza, como conciencia organizada, del “cerebro colectivo que piense por la clase, para la clase y con la clase).” [iv]

Alguien podría decir que el Partido Comunista Mexicano (PCM) ya pasó a mejor vida con su extinción política (1981), o que después de la muerte de Vicente Lombardo Toledano (1968) tampoco existe el lombardismo, y esto resuelve el problema expuesto por Revueltas. Pero lo cierto es que el proletariado en general no se ha desenajenado de la ideología democrático-burguesa precisamente por la ausencia del partido clasista que contribuya a solucionar la crisis organizacional proletaria. Más aún, todavía existe vagando como espíritu fantasmal la ideología estalinista y lombardista en algunos sectores izquierdistas que añoran los grandes días de “gloria” del PCM y del Partido Popular Socialista (PPS).

 

3. La vieja consigna de Marx, pero vigente por su enorme importancia, de que la “emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos” permite entender en gran parte la situación de la crisis organizacional de la izquierda socialista mexicana. Históricamente la clase obrera ha estado domesticada políticamente por la burguesía mexicana e imperialista. Esto viene ocurriendo desde los primeros años posrevolucionarios y tal hecho dio sustento político por largas décadas al bonapartismo a la mexicana.[v] En pocas palabras, el  proletariado mexicano no se ha podido quitar el yugo de la clase dominante local y foránea. El proletariado mexicano ha estado ausente, en la práctica, de la vida política nacional como clase social antagónica al poder dominante. Al margen de la discusión sobre las poderosas razones por las que impera esta situación, es un hecho histórico que debemos reconocer de entrada; la cuestión innegable es que un sector considerable y significativo de los trabajadores mexicanos está sometido a un control gremial corporativo mediante los sindicatos charros, semicharros o “blancos” (patronales). El proletariado en general está domesticado política e ideológicamente por el Estado, en tanto cuanto éste es representante del capital en su conjunto, y eso es un verdadero problema por resolver entre los sectores democráticos clasistas de trabajadores y los núcleos de izquierda radical. De ahí que un factor clave y estratégico para la construcción del partido proletario es la democratización sindical o la organización de sindicatos democráticos clasistas y combativos. Esto es algo consabido desde hace muchas décadas, sin embargo el hecho es que sigue siendo una tarea fundamental si queremos verdaderamente empezar a construir un partido revolucionario representativo de los intereses del pueblo trabajador. Como hemos mencionado, hay quienes tienen “imaginaciones fantásticas” y ven una situación de crisis prerrevolucionaria, pero no explican la ausencia notable de segmentos significativos de la clase obrera dentro de las movilizaciones sociales y por tanto la imposibilidad actual de una huelga general, la cual no significa que no se establezca como consigna propagandística. El hecho importante en si mismo de que algunas luchas y movilizaciones del sindicalismo existan como expresión de la lucha de clases tales como las que protagonizan los maestros de la CNTE, contingentes de trabajadores mineros en huelga, o de electricistas (del SME), entre otras, no significa que existe realmente un ascenso del movimiento proletario, todavía maniatado políticamente. Revueltas decía “que las acciones espontáneas de la clase obrera, si bien expresan ciertas formas ‘naturales’ de su ser independiente, no constituyen su independencia real, pues se reducen a manifestarse como simples luchas obreras pero no de clase obrera”. [vi]

El grueso de los trabajadores petroleros, electricistas, del magisterio, mineros, por citar algunos sectores, están pasivos en la crisis actual por estar controlados políticamente, a ello debemos sumar la ausencia de una alternativa gremial organizada clasista, como podría ser una central o una confederación sindical democrática e independiente.

Un partido revolucionario no puede sustituir en la práctica a los propios trabajadores. El partido, o como quiera denominarse la forma organizativa del proletariado revolucionario, es o debe ser el instrumento de lucha por el poder de los trabajadores en la sociedad, de sus verdaderos intereses históricos, y no la suplantación o simulación de tales intereses. El partido debe encarnar a un sector, así sea minoritario, del proletariado fabril. El sólo hecho de que un partido de clase tenga dentro de sus filas militantes a sólidos batallones obreros es algo verdaderamente fundamental para su propia existencia y perspectiva de lucha. Esto fue, precisamente, como ejemplo histórico, el caso del Partido Bolchevique configurado como un auténtico partido leninista de la vanguardia obrera organizada, con base al centralismo democrático.[vii]

Esta consideración nos lleva conduce necesariamente a la reflexión en torno a la conformación del proletariado como sujeto histórico-revolucionario y la concreción de su conciencia de clase. Es decir, a la discusión sobre la cuestión de la centralidad del proletariado como sujeto revolucionario. Este tema, relativo a los problemas de la lucha y la organización de los trabajadores, a nuestro juicio, sigue siendo vital. Ernst Mandel decía que:

“Uno de los méritos principales de Marx en la historia del movimiento socialista consiste en que mostró hasta que punto los movimientos radicales de emancipación sólo  pueden tener éxito si se vinculan no sólo con intereses específicos de clase, sino también con una situación específica de clase que permita a la clase llevar a cabo la transformación radical de la sociedad. Que se lo permita en el sentido económico de la palabra, es decir, que disponga del poder necesario para ello. Que se lo permita en el sentido político-sociológico de la palabra, en la medida en muestre al menos periódicamente la inclinación a ello. Hacer abstracción de este logro fundamental de Marx sin aportar la prueba en contrario, es decir, sin aportar la prueba de que hoy existen otras clases sociales o masas de individuos que por su posición en la sociedad no sólo tienen una necesidad comunista, sino también potencialmente la capacidad económica de paralizar y subvertir la sociedad, tal como es, y al mismo tiempo la capacidad de construir una nueva sociedad a partir de la situación social específica, operar una abstracción de esta naturaleza significa, en definitiva, un retroceso del socialismo científico al socialismo utópico. Esta prueba no ha sido suministrada por nadie (…). Todo retroceso de la centralidad del proletariado como sujeto revolucionario a determinaciones vagas o inexactas conduce a que el socialismo no sea ya visto como resultado de la lucha de clases librada en la realidad, condicionada por una situación social y unos intereses materiales, sino sólo como la consecuencia de proyectos ideológicos o programáticos”. [viii]

 

¿Cómo construir una alternativa de poder proletario? Marx ve en el proletariado[ix] el sujeto de la acción revolucionaria transformadora por antonomasia de la sociedad capitalista; es el sujeto en que deben focalizarse los esfuerzos organizativos sobre la base del principio emancipatorio y autónomo políticamente respecto del poder burgués. El principio de la conciliación o del colaboracionismo de clases, en cualquier terreno de la lucha de clases, no tiene nada que ver con la práctica revolucionaria y si mucho con el reformismo pragmático y oportunista. Una de las tareas principales ha de ser romper el control de los aparatos burocráticos sindicales corporativos sobre la clase obrera o en su caso debilitar en gran medida ese control, pues las premisas objetivas para ello están dadas. En México pueden ocurrir estallidos sociales de diversa magnitud, como es el caso de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO), pero si no existe una coordinación elemental y extensiva de las luchas de resistencia popular, obrera, campesina, estudiantil, indígena, etcétera, muy poco se puede esperar políticamente de estas revueltas e insurrecciones, muchas de ellas heroicas. Se trata de construir una unión de fuerzas alrededor de relaciones de clase; de organizar polos de resistencia social. Esto no implica, sin embargo, la subordinación de los diferentes movimientos sociales (feministas, ecologistas, culturales. etcétera) a un movimiento obrero en permanente reconstrucción, sino la búsqueda de convergencias en las que el propio capital sea el principio unificador activo. [x] Desde luego, entran en juego la necesidad de la constitución de frentes sectoriales o de frentes únicos (en especial el frente obrero unido) que promuevan estas luchas de resistencia organizada sobre la base de la unidad en la acción y de un programa de transición que parte de reivindicaciones concretas e inmediatas de clase a reivindicaciones generales de naturaleza socialista. Es decir, orientar el potencial revolucionario de las masas hacia la toma del poder por el proletariado y la transformación socialista de la sociedad. Aquí cabe la referencia a la noción estratégica de la revolución permanente en contraposición a la fórmula gradual, etapista y del llamado socialismo en un solo país, de corte estalinista.

Hoy está más claro que ninguna organización o fuerza política por si misma puede avanzar significativamente en la lucha contra el poder dominante. La clase trabajadora eleva su conciencia de clase en la medida en que lucha por sus demandas concretas y específicas, pues es través de la movilización, esencialmente, que adquiere esta conciencia clasista, la cual significa también la conciencia de que puede obtener el poder político como clase organizada; como fuerza materializada de esa conciencia de clase que defiende la unidad en la acción conformada en determinados polos de resistencia obrera, campesina, popular, estudiantil, ecologista, etcétera.

Hoy la discusión sobre la orientación ideológica en la construcción de cualquier partido revolucionario debe considerar, ante todo, la prevalencia de ciertos principios políticos fundamentales sobre la base de una firme voluntad de lucha y de conciencia elemental de clase, como una elevada conciencia de izquierda anticapitalista (antineoliberal), socialista, de un antiimperialismo manifiesto, de un espíritu unitario y solidario, de estructuras y formas organizativas sustentadas en el centralismo democrático, y de un internacionalismo proletario acorde a los viejos preceptos fincados por Marx. La consigna por un gobierno obrero, campesino-indígena y popular debe de ser una consigna permanente. Sin duda, aunque existe una incertidumbre sobre el ejemplo francés con el Nuevo Partido Anticapitalista (NPA), el hecho es que debemos tomar en consideración y referencia ese loable intento de construcción organizativo izquierdista antineoliberal.

*Militante de la Liga de Unidad Socialista (LUS).

Notas y referencias:

[i] Lenin. El “izquierdismo”, enfermedad infantil del comunismo. Obras completas, número 33. Ediciones Salvador Allende. México, (S.f.). Página 191. Dice Lenin: “La ley fundamental de la revolución, confirmada por todas las revoluciones, y en particular por las tres revoluciones rusas del siglo XX, consiste en lo siguiente: para que tenga lugar una revolución no basta con que las masas explotadas y oprimidas tengan conciencia de la imposibilidad de seguir viviendo como antes y exijan cambios; para que tenga lugar una revolución es indispensable que los explotadores no puedan seguir viviendo y gobernando como antes. Sólo cuando los ‘de abajo’ no quieren vivir como antes, y los ‘de arriba’ no pueden continuar como antes, puede triunfar la revolución. Esta verdad puede expresarse con otras palabras: la revolución es imposible sin una crisis nacional general (que afecte tanto a los explotados como a los explotadores). Se desprende que, para que tenga lugar una revolución, es indispensable, primero, que la mayoría de los obreros (o por lo menos la mayoría de los obreros con conciencia de clase, que piensan, políticamente activos) comprenda plenamente que la revolución es necesaria y que esté dispuesta a morir por ella; segundo, que las clases dirigentes atraviesen una crisis gubernamental que arrastre a la política incluso a las masas más atrasadas (es síntoma de toda revolución verdadera, la rápida decuplicación o centuplicación del número de hombres capaces de librar una lucha política, pertenecientes a la masa trabajadora y oprimida, antes apática), que debilite al gobierno y haga posible su rápido derrocamiento por los revolucionarios.”

[ii] José Revueltas. Ensayo sobre un proletariado sin cabeza. Obras completas, número 17. Ediciones ERA, México, 1980. Página 18. Una nota a pie de página señala lo siguiente: “No hay que olvidar que durante decenios sólo se encontraba y se estudiaba –y no sólo en México– manuales, folletos y ‘versiones resumidas’ de divulgación «marxista-leninista-stalinista».

[iii] Ibíd. Página 245.

[iv] Ibíd. Página 193..

[v] Manuel Aguilar Mora. El escándalo del Estado: una Teoría del poder político en México. Editorial Fontamara, México, 2000.

[vi] Ensayo sobre un proletariado…, Op.cit. Página 193.

[vii] Lo demás es historia, por su degeneración estalinista; su transformación en un puro partido de burócratas. A partir de 1926, prácticamente empieza el proceso contrarrevolucionario burocrático-estalinista. Véase, de Pierre Broue: El Partido Bolchevique. Editorial Ayuso. Madrid, 1973. Hay versión electrónica:

http://www.marxists.org/espanol/broue/1960s/1962/bolchevique/index.htm

[viii] Ernst Mandel. Marxismo abierto. Una conversación sobre dogmas, ortodoxia y la herejía de la realidad. Entrevista de Johannes Agnoli. Crítica. Ediciones Grijalbo, Barcelona, 1982. Página 88.

[ix] Por proletariado podemos entender todos aquellos que se ven materialmente obligados a vender su fuerza de trabajo. Es decir, todos los individuos que están sujetos a la necesidad económica de vender su fuerza de trabajo porque carecen de sus propios medios de producción o monetarios o no tienen acceso directo a bienes alimenticios o de subsistencia, es decir, a la tierra.

[x] Daniel Bensaid. Elogio de la política profana.

http://revoltaglobal.cat/article2506.html.

http://www.kaosenlared.net/noticia/daniel-bensad-autor-elogio-politica-profana-ha-llegado-momento-definir

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