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De la publicación de LUS (Unidad Socialista) |
![]() Este es un debate que se origino a raíz del llamado de José Luis Hernández a la unidad combativa de los movimientos sociales y candidaturas clasistas, Jaime González de LUS da respuesta a su llamado. Descarga aquí el debate completo ¿Cuál es la posición de los revolucionarios ante el PRD? Llamado de José Luis Hernández, 21 de diciembre del 2008 ¡Unidad combativa de los movimientos sociales y candidaturas clasistas para el 2009!
Una inusual coincidencia de factores pueden propiciar el inicio de una “tormenta perfecta”, de carácter social, para el año entrante: la profundización de la peor crisis del capitalismo desde la Gran Depresión, la brutal ofensiva en contra de la libertad y la autonomía sindical (el intento de destruir al sindicato minero y el descabezamiento del proceso de sindicalización democrática de trabajadores petroleros, por ejemplo), la profundización del descontento social, el creciente descrédito del gobierno calderonista, el firme liderazgo de López Obrador como la oposición más creíble al gobierno y el inicio del proceso electoral, que renovará la Cámara de Diputados y una parte de los congresos estatales, son factores que harán del 2009 un año crucial en la historia de México.
Las principales acciones de la clase capitalista, a nivel mundial, para enfrentar la crisis financiera y reactivar la economía no solo están lejos de resolver esos objetivos sino que traerán mayores desastres para la clase trabajadora. Al inyectar billones de dólares para salvar organismos financieros quebrados, los gobiernos capitalistas están premiando la avaricia de un puñado de bandidos a costa de crear una inmensa deuda que, más temprano que tarde, caerá sobre los hombros de los asalariados, además de generar devaluaciones, inflación y el descalabro de las finanzas públicas. Es decir, tapan un agujero creando otro mayor. Esta crisis, que también es una crisis de sobreproducción, provoca la quiebra de empresas débiles lanzando al desempleo a millones de personas y es aprovechada por muchos empresarios para deshacerse de personal, mover sus empresas hacia regiones que ofrecen menos salarios o cero sindicalización y, conjuntamente con sus respectivos gobiernos, emprender violentas ofensivas antisindicales. De ésta manera se provoca una nueva reducción del mercado interno, creando un círculo vicioso. El principal criterio que los trabajadores debemos adoptar para resolver la crisis financiera es demandar que la paguen los que la provocaron ¡Que la crisis la paguen los ricos! Este debe ser el grito de guerra que unifique al conjunto de la clase trabajadora y que en lo inmediato requiere de las siguientes medidas: ¡Ni un solo peso para salvar a los banqueros! Nacionalizar y expropiar, sin indemnización alguna, la banca; cancelar, de una vez por todas, la infame deuda del Fobrapoa; realizar una auditoria al resto de la deuda interna y externa para declarar una moratoria a toda aquella de origen ilegítimo; nacionalizar los fondos de pensiones, canalizándolos para inversiones públicas productivas y garantizando una vejez digna para todos; aplicar un riguroso control de cambios que ponga fin a la rapiña especulativa e introducir el monopolio del comercio exterior a cargo del estado. Estas disposiciones tienen que ser complementadas con una radical reforma fiscal que grave a los que más ganan y utilizar dichos ingresos para financiar un ambicioso programa de modernización del sector energético (PEMEX, CFE y CLy F), de salud, educación y obras públicas. Estas acciones coinciden en diversos aspectos con el “Plan Para la Defensa del Pueblo, el Petróleo y la Soberanía Nacional” y el “Plan de 8 puntos para reducir los efectos de la crisis económica”, propuestos por López Obrador. Esta coincidencia sienta las bases para unificar la lucha de los dos movimientos más importantes que enfrentan el proyecto neoliberal: el de las organizaciones sindicales y sociales independientes y el movimiento obradorista. Antes de iniciar cualquier resistencia a la crisis, sería deseable alcanzar la unidad orgánica de los más importantes agrupamientos sindicales, particularmente el Frente Sindical Mexicano, la Unión Nacional de Trabajadores, las diversas corrientes del magisterio democrático, el Frente Auténtico del Trabajo, el sindicalismo universitario etc. Por lo menos sería deseable lograr un grado de unidad de acción más firme en el terreno de la movilización y de los pronunciamientos. Sin la acción unificada de todas estas organizaciones es imposible lograr la suficiente credibilidad para intimidar a patrones y gobierno, y, sobre todo, para ganar a nuestra causa a millones de desempleados y trabajadores no sindicalizados. ¿Y las elecciones? El frente electoral es un espacio que no puede ser desdeñado por los trabajadores y menos en las actuales circunstancias. Aclaro que no guardo ninguna ilusión en que a partir del trabajo parlamentario se pueda lograr una auténtica transformación social, siempre será en el terreno de la autoorganización y de la lucha, la forma en que los trabajadores podremos alcanzar nuestros objetivos. Pero en tanto la mayoría de la población aún confíe en la vía electoral y el grueso de los abstencionistas lo hagan por motivos de ignorancia extrema, los revolucionarios no podemos rehuir la lucha en este terreno. La importancia de utilizar este espacio, en interés de la clase trabajadora, puede demostrase, contundentemente, con el trabajo que un puñado de diputados clasistas está realizando en beneficio de sus gremios, de otros movimientos sociales (Atenco, la Parota , la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca, etc.) y de luchas tan significativas como la defensa de la industria petrolera nacional o en contra la privatización de las jubilaciones. El problema es que en México no existe ningún partido de izquierda u obrero, digno de ese nombre, que represente el interés general de la clase trabajadora y pueda llevar candidatos propios al parlamento. Por esa razón, diversas organizaciones sindicales y sociales han construido alianzas con el Partido de la Revolución Democrática (PRD) o con el Partido del Trabajo (PT), para alcanzar una representación parlamentaria. Ahora una alianza de este tipo, después de que la dirección del PRD ha sido copada por la corriente más derechista y sometida a los designios del gobierno, se ha tornado imposible. ¿Cómo aliarse con un partido cuya dirección traicionó la lucha en defensa del patrimonio energético y ha hecho de la “negociación” su principal forma de lucha? De ninguna manera.
El movimiento social forjado a raíz de la lucha en contra del intento de desafuero de López Obrador, del fraude electoral y en defensa del patrimonio energético, tiene el potencial suficiente para no depender de las prerrogativas electorales del PRD y la madurez para construir una nueva organización política. Las decenas de miles militantes que están abandonando las filas perredistas, son señal inequívoca de todo ello. Bien haría López Obrador en romper, de una vez por todas y sin vacilación alguna, con los dirigentes oportunistas del PRD y emprender la construcción de un frente electoral que incluya a las organizaciones sociales y sindicales como uno de sus más firmes componentes. El complejo escenario previsto para el 2009, producto de los efectos combinados de la profundización de la crisis y los conflictos políticos, requiere, con urgencia, que los trabajadores empecemos a pensar como clase y a actuar políticamente, manteniendo nuestra independencia e identidad. Si en la próxima legislatura logramos elegir a decenas de sindicalistas clasistas y a dirigentes de otros movimientos sociales, lograríamos, con ello, un importante apoyo para el desarrollo de nuestro movimiento. La construcción de un frente electoral --con López Obrador, los partidos del Trabajo y Convergencia--, no nos exime, de ninguna manera, de nuestra obligación de construir un partido de la clase trabajadora, con un programa socialista y una perspectiva internacionalista. México D. F. a 21 de diciembre de 2008 Respuesta de Jaime González, 22 de diciembre
Estimados:
Probablemente a muchos de ustedes ya les habrá llegado la siguiente carta de José Luis Hernández Ayala, sobre las tareas de los movimientos para el 2009. De cualquier manera, se las hago llegar al final de la presente, debido a que creo que refleja una perspectiva que comparten varios compañeros de la Coordinadora por la Unificación de los Socialistas (CUS), con quienes hemos realizado algunas actividades conjuntas durante el año que está por terminar.
El llamado a la lucha combativa de los trabajadores y sus aliados que hace José Luis es muy bueno; y por un momento (por eso de las "candidaturas clasistas" en el título) parecía que José Luis había cambiado su tradicional postura de apoyo a candidatos del PRD y de otros partidos menores de sectores de la clase en el poder (como es el caso de Convergencia). Como verán, sin embargo, se trata de algo muy contradictorio: José Luis llama a levantar candidaturas clasistas, pero en el marco de un frente electoral con fuerzas de la clase en el poder.
¿Realmente el FAP representa el camino para apoyar al sindicato minero, a los maestros de Morelos o a los petroleros reprimidos? Basta ver la trayectoria y el carácter programático del Partido Convergencia para concluir que el FAP, al igual que el hoy desprestigiado PRD, es una peligrosa distracción electorera y parlamentaria que obstaculiza a elementos combativos de la clase trabajadora y sus aliados a realizar la tarea con la que José Luis concluye su carta: "...construir un partido de la clase trabajadora, con un programa socialista y una perspectiva internacionalista".
Detrás de este contradictorio llamado, están, por un lado, la deslumbrante atracción que ejerce la visibilidad pública que se puede lograr mediante entrar al juego electoral y parlamentario; y por el otro, el hecho que una parte de su conciencia (aún viva) le dice que hay que construir ese partido de la clase trabajadora, al cual, desafortunadamente, compañeros del CUS no le está dedicando ni atención ni recursos.
Los candidatos que requieren levantar los trabajadores y sus aliados no llegarían muy lejos con las tibiesísimas (o de plano nulas) posturas de López Obrador en apoyo a los movimientos sociales, y muchos menos en alianzas con personajes como Dante Delgado. Los candidatos de los trabajadores, mujeres, pueblos originarios, jóvenes, campesinos... necesitan tener las manos libres de los compromisos que implican las alianzas con el PRD o con el FAP. Un caso muy claro lo representan los trabajadores al servicio del Gobierno del DF, a los cuales los gobiernos del PRD consistentemente les han aplicado todos los trucos de las famosas "aristas" del neoliberalismo: "becas", en lugar de salarios, para las trabajadoras del programa de apoyos al adulto mayor; misteriosamente, los expedientes de las trabajadores del GDF que son despedidas por quedar embarazadas se "pierden" en la Comisión de Derechos Humanos del DF; el GDF gustosamente paga las ridículas multas que le impone la Secretaría del Trabajo por desacato.... y todo esto amarrado con la típica podredumbre del charrismo y el clientelismo sindical.
Y, por otra parte, para levantar una alternativa ambientalista y en defensa de las áreas naturales, es necesario tener las manos libres de compromisos con los capitalistas de la industria automotriz, libre de compromisos con CEMEX y con los grandes monopolios de la construcción. Cuando López Obrador estuvo al frente del Gobierno del DF, favoreció enteramente a este tipo de intereses, tal como lo demostraron sus principales obras públicas.
El mensaje a los compañeros de la Coordinadora por la Unificación de los Socialistas es muy sencillo: ¿No creen que el presente es el mejor momento para levantar una bandera libre de la pestilencia y el desprestigio que se ha ganado el PRD?
Saludos, y reciban los mejores deseos para el difícil año venidero..
Jaime González Respuesta a Jaime González Camaradas:
Antes de
tomarme unos (muy merecidos) días de vacaciones, llegó un comentario de
mi camarada y amigo, Jaime González, a la carta que les envíe el pasado
21 de diciembre. Hago un breve paréntesis y doy la bienvenida al debate
serio que propone Jaime. He aquí una breve respuesta a sus
observaciones.
La
primera cuestión que preocupa a mis compañeros de la LUS es la
“contradicción” que ven en “levantar candidaturas clasistas, pero en el
marco de un frente electoral con fuerzas de la clase en el poder”,
refiriéndose al FAP. Ciertamente existen elementos contradictorios en un
frente de este tipo, pero, para dimensionar mejor su alcance es menester
ubicarlos, conforme al método marxista, dentro de una totalidad
concreta. Este es el elemento que sigue faltando en los análisis de los
compañeros de la LUS. Menosprecian o no comprenden la contradicción
principal que ha polarizado al país en los últimos años y que, en
diversas ocasiones, lo han llevado al borde de la fractura: la
contradicción existente entre una oligarquía integrada, completamente,
al interés del capital imperialista y un conglomerado de sectores
nacionalistas, pequeñoburgueses y plebeyos que, en nombre del
antineoliberalismo, lo enfrentan. A casi tres años de las elecciones de 2006, no tengo ni sombra de duda que aquellos que propusimos el voto crítico por López Obrador tuvimos la razón. Fraternalmente.
José Luis Hernández Ayala ¿Cuál es, realmente, la “contradicción principal” en la sociedad mexicana? Respuesta a José Luis Hernández Ayala Por Jaime González Antes que nada, quisiera dar la bienvenida al tono fraternal de la respuesta de José Luis. En efecto, José Luis y yo hemos sido amigos y camaradas en múltiples luchas, y creo que prácticamente todos los que estamos al pendiente del presente debate podemos estar de acuerdo en que el momento actual amerita un intercambio que nos permita vislumbrar las soluciones a los retos que tenemos enfrente. En lo que sigue, los tonos y recursos polémicos de ninguna manera deberán tomarse como despectivos, o de menosprecio. Se trata, simplemente, de una polémica respetuosa, aunque enfática. Al mencionar el “presente debate”, no me estoy refiriendo solamente al modesto intercambio entre José Luis y yo, sino algo mucho más amplio, surgido a partir de la profunda crisis abierta en las fuerzas políticas consideradas de «izquierda» en México, a raíz de los vergonzosos resultados de las elecciones internas en el PRD. Todos estamos muy claros en que algo muy importante está en juego, y no es solamente un avance coyuntural de “la derecha” (léase PRIAN), sino el hecho que todos comprendemos el efecto desmoralizador que ha tenido el que el “partido opositor” se haya integrado totalmente en el sistema político imperante, en tanto tercer partido burgués gobernante, al unísono con el PRI y el PAN. (Estoy parafraseando la reciente declaración de la Liga de Unidad Socialista, titulada “Crisis terminal del PRD y necesidad de un partido auténtico de izquierda”, misma que anexo al final de la presente.) El problema que observo en la posición expuesta por José Luis, y que es compartida por buen número de compañeros de la de la Coordinadora por la Unificación de los Socialistas (CUS), es que se ubique la “contradicción principal” en la sociedad (y, por ende, en la política) mexicana en el ámbito de las corrientes y propuestas de la clase en el poder: el “neoliberalismo” contra la vaguísima propuesta económica de Cuauhtémoc Cárdenas, primero, y, más recientemente, de Andrés Manuel López Obrador; entreguismo versus nacionalismo; en pocas palabras, la fantasía de una confrontación entre «el pueblo» (encabezado primero por Cárdenas, y hoy por López Obrador) contra «la oligarquía» y «el imperialismo». Paso a citar la respuesta que me acaba de enviar José Luis: «Ciertamente existen elementos contradictorios en un frente de este tipo [tal como el FAP], pero, para dimensionar mejor su alcance es menester ubicarlos, conforme al método marxista, dentro de una totalidad concreta. Este es el elemento que sigue faltando en los análisis de los compañeros de la LUS. Menosprecian o no comprenden la contradicción principal que ha polarizado al país en los últimos años y que, en diversas ocasiones, lo han llevado al borde de la fractura: la contradicción existente entre una oligarquía integrada, completamente, al interés del capital imperialista y un conglomerado de sectores nacionalistas, pequeñoburgueses y plebeyos que, en nombre del antineoliberalismo, lo enfrentan.» (El énfasis es mío, y no está en el original de José Luis.) Agradezco la intención de ilustrarme en lo relativo al método marxista, así como el implícito recordatorio de que este tipo de análisis intenta encontrar la explicación de los enfrentamientos, los cambios y los movimientos en la sociedad, la economía y (por ende) en la política en las contradicciones entre su componentes y participantes. Para expresarlo en otras palabras: si la sociedad, la economía y la política fueran perfectas y carecieran de contradicciones, no habría movimientos ni confrontaciones, y el avance histórico ya no sería necesario. Pero es evidente, casi sobra decirlo, que México en particular, y el mundo en general, están cargados de formidables contradicciones y problemas; así que buscar la contradicción principal es algo así como tratar de encontrar cuál es el motor principal que hace que se muevan la sociedad, la economía y la política. ¿Pero, realmente, la contradicción principal en la sociedad mexicana, la que «ha polarizado al país» y lo ha llevado «al borde la fractura», es la contradicción que menciona José Luis? Es decir, ¿es ésta la contradicción «entre una oligarquía integrada, completamente, al interés del capital imperialista y un conglomerado de sectores nacionalistas, pequeñoburgueses y plebeyos que, en nombre del antineoliberalismo, lo enfrentan»? Para contestar, más que una respuesta doctrinaria abstracta («escolástica», diría Carlos Marx) es necesario examinar los hechos. El arte de barrer a C. Cárdenas debajo de la alfrombraUna cosa fue el Cuauhtémoc Cárdenas que muchos quisieron ver como un mito y un paladín de la lucha contra la «oligarquía» y el «imperialismo», y otra cosa fue el Cuauhtémoc Cárdenas de carne y hueso, el que (hoy se sabe de sobra que) dobló las manos y claudicó a la primeras de cambio ante las horribles y muy reales amenazas del aparato priista, que estaba dispuesto a llegar al extremo de un golpe de estado. ¿Qué planteaba realmente Cuahtémoc Cárdenas? Voy a citar un artículo de Jaime Avilés en El financiero, del 15 de junio del 1994: «Cuauhtémoc Cárdenas se propone "mantener la autonomía del Banco de México". Ofrecer "todas las exenciones y estímulos que sean necesarios" para fomentar la inversión extranjera, pero también "detener la economía especulativa y, al contrario, impulsar la productiva". «El candidato del PRD planea sostener el control de la inflación, pero con métodos distintos a los que aplica el actual régimen. Esto es, "aumentar la productividad y el salario, con el objeto de fortalecer el mercado interno, por que si no, quién consume". «A la vez, tiene en mente "una reforma fiscal que acabe con el terrorismo de la Secretaría de Hacienda, simplifique los mecanismos de captación tributaria y considere como egreso susceptible de ser declarado, todos los gastos que hagan los ciudadanos: la compra del súper, la compostura del coche, etc.", dice. [...] «...no concibe soluciones radicales, como la despenalización de la droga... «...Cárdenas se rehúsa a declararle la guerra al neoliberalismo...» José Luis: éste es el tipo de candidato por el que has venido apostando, en aras de lo que consideras la «contradicción principal». Y, debes admitirlo: López Obrador no tiene un programa económico muy diferente al de Cárdenas (amén de algunas concesiones, más bien verbales, y más bien forzadas) ante concentraciones de sus simpatizantes. Inevitablemente, un candidato como Cárdenas va a conducir a sus seguidores a un partido como el PRD (no el PRD que muchos luchadores honestos idealizaron en un momento, sino el PRD que depende enteramente de los miles de millones de pesos de recursos federales; que, por tanto, es parte de la burocracia del estado burgués, y que está a merced del Tribunal Federal Electoral). Oaxaca: la prueba de fuegoLa lucha de la APPO, en el sureño estado de Oaxaca, ha sido la prueba de fuego: las fuerzas políticas «de izquierda» tibias y titubeantes creyeron ver en la semiinsurrección del pueblo oaxaqueño una torpeza de los radicales, un exceso, o quizás una pérdida de control de un movimiento que no tuvo sensibilidad ante las «realidades» de la política electoral. Yo lo veo al revés: López Obrador tuvo la oportunidad de llamar a las inmensas fuerzas que lo veían como su dirigente a apoyar a fondo a la APPO y al pueblo Oaxaqueño, y tuvo la posibilidad real de derrotar el fraude electoral que había puesto como gobernador a Ulises Ruíz Ortiz (URO), del PRI. Pero en el momento decisivo, AMLO decidió, mejor, ir a Tabasco a apoyar a un (por cierto, bastante impopular) empresario como candidato a gobernador por el PRD, en lugar de conducir una campaña con y por el pueblo oaxaqueño. (¡Santos que estáis en los cielos, de la asociación con un pueblo insurrecto libradnos, y más si este pueblo ha caído de la gracia de Televisa y de TV Azteca!) La vía electoral en Tabasco probó ser un fiasco: el PRD ganó la mayoría en el Congreso estatal, pero el candidato empresario de este mismo partido a la gubernatura perdió: así de impopular era el aliado de AMLO. Y no podemos olvidar la similitud con la candidata a la gubernatura del Estado de México, que también sufrió una derrota electoral ignominiosa. López Obrador a perder la confianza de sus filas: la clave estaba en la lucha callejera de Oaxaca, y no en las maniobras parlamentarias y electoreras de Tabasco. ¿Por qué AMLO se derrumbó tan rápido, si por un momento pareció que tenía la dirección del país en sus manos? Aquí llegamos el meollo de la contradicción «principal» que José Luis cree haber encontrado, y donde de plano se equivoca en cuanto al análisis que pretende establecer: la realidad es que AMLO le tiene más temor a movilizaciones populares y realmente plebeyas como las de Oaxaca y Atenco (y que son la única forma de derrotar al fraude electoral en México) que al PRI, al PAN y al imperialismo. De paso: es casi increíble que quienes atacan a la APPO por que les desagrada tal o cual dirigente individual, convenientemente se olvidan que URO fue impuesto por un fraude electoral, y se olvidan asimismo de los asesinatos y las desapariciones. ¿Cómo creen que un dirigente respetable como AMLO vaya a avalar el que la gente tome las estaciones de radio y TV? ¡Horror de los horrores! ¿Acaso estos incendiarios no saben que las elecciones no se pueden ganar sin haber establecido una respetabilidad en los medios? Pues sí, y lo siento mucho por las sensibilidades que puedo afectar, pero para derrotar a los fraudes electorales no va a haber más remedio que arrebatarle las estaciones de radio y TV a la clase en el poder: Oaxaca nos ha mostrado el camino con la toma de las estas estaciones, y lo que ha hecho la «izquierda» parlamentaria no es más que escabullir este profundísimo problema. (¡Ya me imagino lo que personajes «decentes» de la política han de pensar de esta propuesta!: «¡Ultras!», «¡Desquiciados!», «¡Cómo pueden creer que la chusma pueda administrar Televisa y TV Azteca!») En Oaxaca se jugó el futuro inmediato de México, y para nuestra desgracia (y la de AMLO y el PRD) perdimos. Ya habíamos tenido un mal antecedente en la falta de solidaridad con los presos de Atenco. Estoy seguro que un esfuerzo sostenido de AMLO y del Subcomandante Marcos por la libertad de los presos de Atenco, y en contra de la represión en Oaxaca, hubiera tenido éxito. Pero desafortunadamente, estos dos peldaños han fallado ante los tirones que les impuso la realidad: ni el PRD ni Marcos supieron responder a la hora de la verdad. O, mejor dicho, AMLO reaccionó tarde e inadecuadamente. Llegamos, entonces, a la dificilísima conclusión de que la contradicción principal en México no está en el ámbito electoral y parlamentario, sino en algo muy diferente, difícil y terriblemente más dramático: los trabajadores; los pueblos maya, náhuatl, zapoteco, mixteco, mazateco...; los campesinos; las mujeres; los jóvenes... y otros sectores realmente plebeyos, se han venido rebelando y luchando, a costa de su integridad física y de sus vidas, mientras que el sistema electoral ha hecho creer a muchos de los mejores participantes de estas luchas que con tantita paciencia, y mucha institucionalidad, vamos a poder ir superando, uno a uno, los problemas. El sistema de partidos, por ende, no ha sido más que una trampa para corromper y distraer.
Seguimos en una semidemocracia, semidictadura: no hay que olvidarlo¿No bastan las experiencias de 1988 y de 2006 para mostrar que México no es un país democrático, y que las instituciones están totalmente al servicio de una clase en el poder muy concreta y dispuesta llegar a los extremos más sanguinarios y violentos? Ésta fue la perspectiva que llenó de miedo a Cuauhtémoc Cárdenas en 1988, que paralizó las iniciativas de AMLO en 2006, y que sus seguidores tratan de justificar diciendo que estos buenos hombres no iban a llevar al pueblo a un baño de sangre. Por supuesto que los socialistas tampoco queremos un baño de sangre: y para eso hay que estudiar la historia, y saber que existen alternativas entre estacionar a las tropas en Paseo de la Reforma para mantenerlas distraídas (y para que se conviertan en blanco de ataque de los medios), y la irresponsable aventura de una insurrección, sin preparación, contra un aparato de estado prácticamente intacto. La alternativa la sabemos muy bien tú y yo, José Luis: preparar un paro nacional sin provocar una confrontación armada, para ir escalando el control de los trabajadores y sus aliados hasta donde llegue el movimiento, en tanto vamos midiendo la correlación de fuerzas. Claro, sin el llamado de AMLO, en 2006 un paro nacional no era sino una consigna de propaganda; pero ¿acaso hubiera sido posible derrotar al fraude sin una huelga general? Estamos, tristemente, en el 20 aniversario de la muerte de José Ramón, como primera víctima de los esbirros del grupo encabezado por Carlos Salinas que tomó el poder de facto después del fraude de 1988. Este régimen, posteriormente, victimó a cientos de luchadores más. Una de las peores ignominias del PRD, por cierto, es no haber seguido a fondo los casos de sus víctimas. (¡Qué insensibilidad la mía! ¡Olvidar que el ex secretario de gobernación Bartlett está el en lado políticamente correcto de la contradicción «principal» entre nacionalistas y entreguistas!) Qué más quisiéramos, José Luis, que poder decir que en México vamos a resolver la verdadera contradicción principal por la vía electoral y pacífica. De hecho, es con ese sueño con el que han venido jugando las fuerzas electorales, y es perfectamente comprensible que la ciudadanía no quiera un cambio violento. Pero, desafortunadamente, la contradicción no es la que idealizas, sino algo mucho más profundo y temible: México es uno de los países con mayor desigualdad entre pobres y ricos, entre asalariados y propietarios, entre poseedores y desposeídos, entre los pueblos maya, yaqui, zapoteco, mixteco.... y los blancos y los mestizos; entre mujeres y hombres; entre jóvenes y personas con los relativos privilegios que da la mayoría de edad; entre personas con preferencias sexuales “admitidas” y “no admitidas” socialmente. Somos, como pocos países, la viva imagen de la primera oración del Manifiesto del Partido Comunista: «La historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases». Ése es nuestro México, por más que quisiéramos que las cosas no fueran tan terribles y dolorosas. A lo mejor me he quedado atrás, y me he perdido de un marxismo más «evolucionado» (de ése que desde fines dle siglo diecinueve anda coqueteando con Kant y la filosofía de lo «decente» y «admisible»); pero yo me quedo con la versión «antigüita» del Manifiesto de 1848 y de El capital de 1867: la contradicción principal en la sociedad no está dada por la apariencia de la lucha entre fracciones burguesas, sino por la esencia de la relación entre los individuos y los medios de producción: propietarios y desposeídos (Calderón, televisos, Ulises Ruiz et al., contra SME, mineros, APPO, Atenco, maestros, estudiantes...) . Eso sí: a quienes induzcan a compañeros como José Luis a creer que la contradicción principal de la sociedad está entre las fracciones de la clase en el poder (es decir, entre los «príncipes buenos» y los «príncipes malos»), les pido siquiera tengan la decencia de admitir que esa no era la visión que tenían Marx y Engels. Se vale disentir con el «Moro» (Karl Marx) y con el querido Fred, pero lo que no se vale es tratar de hacerlos decir cosas que no dijeron: quienes no estén de acuerdo con ellos, pues que digan que ¡viva la libertad de la indagación filosófica y científica, y que viva la variedad de puntos de vista! Pero que no anden tratando de arroparse con el marxismo, si no están de acuerdo en lo esencial con Marx y con Engels. Alianzas tácticas y tareas estratégicasDe acuerdo a mi pobrecita y modesta versión del marxismo (admito que la Liga de Unidad Socialista no tiene los edificios, oficinas, presencia en los medios, y mucho menos los perfumes que tendrán con la alianza del FAP; o, perdón, como el Tribunal Federal Electoral tenga a bien permitirles que se llamen. si es que quieren seguir recibiendo subsidios federales), no hay nada de malo en realizar alianzas por puntos concretos con cualquier fuerza, parlamentaria o extraparlamentaria, con la que estemos de acuerdo. José Luis me hace la pregunta: «Todas las organizaciones sociales saben, perfectamente, que la derrota del movimiento obradorista allanaría el terreno para el posterior aplastamiento de cada una de ellas. ¿Sí o no, camarada Jaime?» Claro que sí, y por eso estuvimos junto con este movimiento, en contra del desafuero, y más tarde contra el fraude electoral. Los trabajadores, campesinos y aliados podemos estar en contra del desafuero y del fraude electoral, independientemente de realizar una alianza con fuerzas políticas de la clase en el poder. Claro que hubo una confrontación muy real entre AMLO y lo que resultó ser la coalición mayoritaria, triunfante, de la clase en el poder; claro que hay que defender los derechos democráticos de la mayoría; claro que hay una lucha por PEMEX (y por su marco jurídico de origen nacionalista, cada vez más vulnerado). Pero el problema que tenemos es que estas luchas no se van a resolver dentro del marco del FAP, el PRD, o cualquier fuerza parlamentaria: se requiere de un paro nacional (uno de veras, no uno de esos «paros cívicos» sin sentido que luego les da por llamar a algunos compañeros), por el que aspiran las fuerzas que todavía se movilizan en torno a AMLO. En las últimas concentraciones, el paro nacional ha venido ganando cada vez más adeptos. Enhorabuena si AMLO lo adopta, sinceramente y a fondo, como una consigna; pero va a ser muy difícil que lo haga. López Obrador no ha soltado, en lo más mínimo, la iniciativa a los comités de base, y va a necesitar mantener el control estrecho de sus seguidores para continuar la delicada (e infructuosa) maniobra que está realizando al interior del PRD. Creo, sin embargo, que la mayoría de los compañeros que lean estas líneas van a estar de acuerdo en que es necesario ir propagandizando el paro nacional, para posteriormente impulsarlo, ya sea dentro o fuera del FAP. Pero AMLO y sus fuerzas no van a ir por la vía de la movilización independiente, por una razón muy sencilla: ellos se quieren vender como los mejores solucionadores de la crisis del capitalismo, sin romper con el sistema de propiedad privada. Ese temor fundamental a la verdadera contradicción principal en la sociedad mexicana es lo que va a impedir que AMLO llame a desatar esa energía contenida en los trabajadores, campesinos, jóvenes, mujeres y sus aliados, y que es la única que puede librar al país de las amenazas de la crisis mundial capitalista. Y, por favor, José Luis: no es lo mismo pedir apoyo a diputados de distintos partidos para una lucha particular (y en casos de derechos democráticos se lo hemos solicitado exitosamente incluso a diputados o personajes del PAN), que hacernos la ilusión que el FAP tiene como principal objetivo apoyar a los electricistas, mineros, maestros, pueblos, jóvenes, mujeres... Por eso es necesario llamar, de ¡ya!, a un partido auténtico de izquierda; de la clase trabajadora; de los pueblos maya, náhuatl, zapoteco, mixteco, mazateco, mixe...; de las mujeres, los jóvenes; los oprimidos por sus preferencias sexuales; sin compromisos ni cortapisas por quedar bien con las fuerzas «nacionalistas» o «antineoliberales». México, DF, 29 de diciembre del 2008 Segunda respuesta a Jaime González Por José Luis Hernández Ayala
La importancia práctica de la independencia de clase Debate completo aquí Segunda respuesta a José Luis Hernández Ayala Por Jaime González La respuesta de José Luís Ayala, fechada el pasado 18 de enero, inicia en su segundo párrafo con una representación distorsionada de lo que hemos estado debatiendo, al decir que mi argumentación le recuerda el lenguaje que usan los ultraizquierdistas «para rechazar todo tipo de frente único, frente amplio o de participación electoral». De ahí en adelante, la polémica de José Luís parece estar dirigida, en efecto, a alguien que está en contra de todo tipo de compromisos, frentes y alianzas, y que incluso es contrario a la participación electoral o parlamentaria. Por poner un ejemplo, bajo el subtítulo “Nuestra práctica política”, me dice que “pensaba concluir este escrito demostrándote, de manera puntual y con una gran diversidad de ejemplos, de que es posible, incluso necesario, utilizar el espacio parlamentario para impulsar la lucha de los de abajo, aún en las actuales circunstancias.” Más adelante voy a intentar explicar por qué para José Luís ha sido indispensable armar un monigote de paja (antifrentes, antialianzas, antiparticipación electoral y antiparticipación parlamentaria), con el cual le resulta muy fácil polemizar, pero que no tiene que ver en absoluto con los problemas planteados en polémica que hemos venido desarrollando; pero antes de apresurar las conclusiones, es preciso examinar sus principales argumentos. La extraña «contradicción principal» que no es tan «principal»En su anterior respuesta (la primera), José Luís se había enredado en un intento por usar términos y categorías marxistas que, supongo, él creía que iban a dotar a su documento de un tinte de autoridad y profundidad. La Liga de Unidad Socialista (LUS), nos explicaba en dicha primera respuesta, menosprecia o no comprende “la contradicción principal que ha polarizado al país en los últimos años y que, en diversas ocasiones, lo han llevado al borde de la fractura: la contradicción existente entre una oligarquía integrada, completamente, al interés del capital imperialista y un conglomerado de sectores nacionalistas, pequeñoburgueses y plebeyos que, en nombre del antineoliberalismo, lo enfrentan.» En mi respuesta, agradecí a José Luís su intento por ilustrarme en el uso del método marxista; pero le señalé que la contradicción principal en la sociedad mexicana, la que realmente ha llevado al país al borde la fractura, no es la que él señala, «sino algo mucho más profundo: México es uno de los países con mayor desigualdad entre pobres y ricos, entre asalariados y propietarios, entre poseedores y desposeídos, entre los pueblos maya, yaqui, zapoteco, mixteco.... y los blancos y los mestizos; entre mujeres y hombres; entre jóvenes y personas con los relativos privilegios que da la mayoría de edad; entre personas con preferencias sexuales “admitidas” y “no admitidas” socialmente. Somos, como pocos países, la viva imagen de la primera oración del Manifiesto del Partido Comunista: “La historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases”». Desafortunadamente, José Luís comprendió mi respuesta como si se tratara meramente de un argumento retórico: de ahí que le recuerde el lenguaje que usan los ultraizquierdistas «para rechazar todo tipo de frente único, frente amplio o de participación electoral». Acto seguido, pasó a profundizar su error con un enredo aún mayor: «Es cierto que la contradicción existente entre explotados y explotadores es algo así como “la madre de todas las contradicciones” de la sociedad capitalista, pero no es la única y no siempre es la principal en el terreno de la lucha política.» En otras palabras, la contradicción principal no es la contradicción principal (o sea, la que «ha polarizado al país en los últimos años y que, en diversas ocasiones, lo han llevado al borde de la fractura»), sino que es otra cosa. No contento con esta confusión, pasa a explicar que la contradicción principal no es la única, sino que debe haber otras (o sean, la primera contradicción principal, la segunda contradicción principal, la tercera, y seguramente muchas más). Y, para redondear la idea, nos dice que de lo que realmente estaba hablando cuando mencionó «la contradicción principal» no era de la contradicción principal, sino de la contradicción principal en el terreno político... Realmente, el argumento se presta a bromas crueles. Prefiero, sin embargo, llamar atentamente a José Luís a que revise su lógica. Lo que argumenté, y que José Luís intentó contestar, es muy simple de explicar y no requiere de retruécanos: sólo puede haber una contradicción a la que podemos llamar la contradicción principal y ésta es la contradicción a la que se refiere el Manifiesto del Partido Comunista en su célebre primer párrafo. Cualquier otra interpretación de la historia de México o de los eventos políticos actuales nos llevaría a callejones sin salida, en los que «la contradicción principal» pudiera estar entre los «buenos» y los «usurpadores malos» (como en los cuentos de hadas); o quizás también debamos incluir una segunda o tercera «contradicción principal» entre las nacionalidades, o entre las diversas creencias religiosas... Confusión entre forma y esencia de los fenómenosPudiera parecer, por ejemplo, que el conflicto que condujo a la revolución de 1789 en Francia fue producto de un conflicto de poder entre la monarquía del Rey Luís XVI, aliada con el clero conservador, en contra de un «pueblo» abstracto (interpretación que nos recuerda la mítica «contradicción principal» que plantea José Luís entre «la oligarquía integrada, completamente, al interés del capital imperialista y un conglomerado de sectores nacionalistas, pequeñoburgueses y plebeyos que, en nombre del antineoliberalismo, lo enfrentan»); sin embargo, lo que realmente había debajo la forma como se presentó la revolución francesa, eran contradicciones de clase: los intereses y el poder de los comerciantes, banqueros y manufactureros habían entrado ya en un periodo de confrontación decisiva con la monarquía absolutista; los campesinos ansiaban la tierra; para los habitantes pobres de las ciudades la situación se había vuelto insoportable... Pudiera parecer que los conflictos electorales de las últimas décadas en México son conflictos entre «la oligarquía» y «un conglomerado de sectores nacionalistas, pequeñoburgueses y plebeyos que, en nombre del antineoliberalismo, lo enfrentan» (que no son otra cosa sino el «pueblo», en abstracto). Lo que en realidad está sucediendo, sin embargo, es que la clase en el poder en México ha tenido que recurrir a maniobras electorales para avanzar (ya sea por la vía de la legitimación en las urnas, o por medio del fraude, si fuera preciso) sus intereses, en contra de los desposeídos: lo que ha venido sucediendo en la esfera política no es sino reflejo de esta contradicción. No sólo las candidaturas del PRI y del PAN, sino también las candidaturas de Cuauhtémoc Cárdenas y Andrés Manuel López Obrador representan intentos de sectores de la clase en el poder por canalizar el descontento y las aspiraciones de la población hacia las urnas. José Luís tiene que recurrir a distracciones y a distorsiones para evitar responder la argumentación central de mi primera respuesta; a saber, que la apariencia ideológica o nacional que pueden tener los conflictos representa su forma, mas no su esencia. Es como si José Luís creyera que la crisis económica mundial es resultado de las malignas maniobras de algunos banqueros y financieros sin escrúpulos (maniobras que, indudablemente, son parte de la forma como se presenta el fenómeno), y me quisiera convencer que lo que debemos atacar son los excesos de personajes como Bernard Madoff y Allen Stanford, porque (parafraseando sus palabras) la contradicción fundamental del capitalismo «la mayor parte del tiempo» sólo «existe de manera larvada, encubierta o aplastada por el peso del aparato de dominación burgués». Claro que la ruptura de Cuauhtémoc Cárdenas con el monopolio político del PRI, a fines de los años ochenta, y el reto que presentó Andrés López Obrador en 2006 fueron hechos políticos importantísimos; pero, de ninguna manera, representan «la contradicción principal». El caso de China y la política de independencia de claseEs curioso que José Luís plantee (también en el segundo párrafo de su respuesta) que «tenemos [el] caso de la invasión japonesa a China, en donde Trotsky propuso la alianza militar con Chiang Kai Shek para enfrentar al imperio nipón». Digo que es curioso, ya que a José Luís (quien al parecer sólo conoce de oídas la tal propuesta de «alianza militar») no le conviene hacer referencia a los escritos de León Trotsky y la Oposición de Izquierda referentes a China, durante el periodo en el cual el Ejército Imperial Japonés realizó la brutal expansión de su ocupación de territorio chino. Cabría aclarar que la política hacia la revolución china fue uno de los puntos definitorios del programa de la Oposición de Izquierda, desde la segunda mitad de los mil novecientos veinte, hasta la fundación de la Cuarta Internacional en 1938. La revolución china no fue (ni es) simplemente una cuestión anecdótica o un problema intelectual-académico: todos los problemas tácticos y estratégicos de la revolución en los países coloniales y semicoloniales (es decir, a los que tanto alude José Luís en su respuesta) estaban ahí planteados de manera muy aguda. En septiembre de 1930, casi exactamente un año antes de la ocupación de Manchuria por parte del ejército japonés, la Oposición Internacional de Izquierda adoptó y difundió el «Manifiesto sobre China» (Writings of Leon Trotsky, 1930-31, Pathfinder, NY, 1973). Este escrito se da en el contexto del periodo que siguió a la derrota de la revolución de 1926-27 en los centros industriales de Shangai y Cantón, donde la política de Stalin había conducido al joven Partido Comunista a una de las peores masacres que el movimiento obrero haya sufrido en toda su historia. Esta derrota se debió a la política estalinista de alianzas con la «burguesía nacional», y particularmente como resultado de la confianza que la dirección de la Tercera Internacional había tenido hacia el partido nacionalista, el Kuomintang, encabezado por el general Chang Kai-shek. Si José Luís se hubiera interesado en lo que realmente propusieron Trotsky y la Oposición de Izquierda, se hubiera enterado de las diferencias fundamentales entre el programa estalinista y el programa marxista revolucionario: «Desde el principio, los representantes de la Oposición de Izquierda Internacional, los Bolcheviques Leninistas, estuvimos en contra de entrar al Kuomintang, y estuvimos en favor de una política proletaria independiente» (Writings... p. 17). La segunda respuesta de José Luís dejaría a cualquiera con la clara impresión que una política de independencia de clase como la que adoptó la Oposición de Izquierda en China representó una política ultraizquierdista y sectaria. Veamos lo que nos dice José Luís, en seguida de su ya citada aclaración sobre «la contradicción principal»: «La mayor parte del tiempo esta contradicción [entre la burguesía y los explotados y oprimidos] existe de manera larvada, encubierta o aplastada por el peso del aparato de dominación burgués; ocasionalmente estalla de manera abierta durante ciertos conflictos y sólo se manifiesta, por encima de todas las otras contradicciones, en los momentos revolucionarios. Uno de lo muchos ejemplos de cómo la contradicción principal, explotados-explotadores, puede ser desplaza[da] a segundo término, en un momento concreto, la tenemos en el caso de la invasión japonesa a China, en donde Trotsky propuso la alianza militar con Chiang Kai Shek para enfrentar al imperio nipón». Contrastemos la opinión de José Luís con lo que realmente planteó la Oposición de Izquierda: «Pero el meollo del problema de la revolución China consiste en la coordinación política y la combinación organizativa de los levantamientos proletarios y campesinos» (p. 19). Obviamente, esto no significaba que el movimiento obrero y campesino hiciera a un lado las consignas y tareas democráticas y de liberación nacional fundamentales, especialmente la independencia nacional, tal como lo explica el citado Manifiesto en repetidas ocasiones; pero «la burguesía china es demasiado hostil al pueblo, demasiado atada a los imperialistas extranjeros, y demasiado temerosa de la revolución para estar ansiosa de gobernar en su propio nombre mediante métodos parlamentarios». En otras palabras, lograr la independencia nacional y el triunfo de la democracia eran tareas de los trabajadores, campesinos, y de sus demás aliados oprimidos, ya que las fuerzas políticas burguesas, como el Kuomintang, son incapaces de cumplirlas. En uno de sus párrafos finales, el Manifiesto asevera claramente: «Las dificultades no van a ser conquistadas mediante ilusiones, ni por una política aventurera, ni mediante esperanzas en Chiang Kai-shek o en un “dictadura democrática”. Las dificultades serán vencidas mediante un pensamiento claro y una voluntad revolucionaria.» José Luís podría argumentar que el Manifiesto de septiembre de 1930 es previo a la «contradicción principal» en el «terreno de la lucha política» (nótese que ahora ya le tuvo que poner el apellido a la «contradicción principal»), que debió ser la ocupación de Manchuria por el Ejército Imperial de Japón, en septiembre de 1931. Pero entonces tendría que revisar lo que Trotsky y la Oposición de Izquierda plantearon a partir de dicha invasión. En vano (si es que osa intentarlo) buscará José Luís un ablandamiento de la posición de Trotsky en torno a la independencia de clase, aún en momentos de guerra y de la necesidad de hacer un frente contra la agresión japonesa. Por ejemplo, el 3 de octubre de 1932 volvió a insistir sobre el tema en una «Carta a amigos en Pekín»: «Hoy, por la fuerza de los eventos, la agitación revolucionaria es dirigida sobre todo en contra del gobierno del Kuomintang. Explicamos a las masas que la dictadura de Chiang Kai-shek es el principal obstáculo en el camino de la asamblea constituyente y que podemos librar a China de las facciones militaristas sólo por medio de la insurrección armada... “¡Abajo el Kuomintang!” “¡Viva la asamblea constituyente!”». Por supuesto, una oposición tan radical no excluye (como aclara Trotsky más adelante) la lucha por demandas parciales, avances en la reforma agraria, y aún la participación en una asamblea constituyente convocada por la dictadura. Y haría bien José Luís (quien, como hemos visto, anda con unos humos de teórico...) en leer la «Carta a los amigos de Pekín», porque ahí explica claramente la política que la Oposición de Izquierda iba a seguir hacia China durante la década de los mil novecientos treinta, como lo demuestra su importante ensayo sobre la revolución china, publicado en Londres en 1938 (http://www.marxists.org/archive/trotsky/1938/xx/china.htm). Quisiera, para terminar la argumentación sobre la revolución China, citar una carta que envió al New York Times en diciembre de 1937: «Para poder convertir la guerra [del gobierno del Kuomingtang en contra de Japón] en una guerra nacional –movilizar y dirigir la iniciativa y auto sacrificio de millones de trabajadores y campesinos chinos– sería necesario que el gobierno tuviera confianza en la gente y que por lo menos temiera a sus propios trabajadores y campesinos armados menos que a los agresores japoneses. ¿Esta presente dicha condición? Lo podemos dudar» (Writings... 1937-38, p. 84.) Juzgue el lector si esta apreciación de Trotsky corresponde con la deformada y mal informada manera como presente José Luís la «alianza militar» con Chang Kai-shek. Y ya que gusta de hacer preguntas en el tono «¿Sí o no...?» (a las cuales he contestado sin titubeos ni ambigüedades), me gustaría hacerle una pregunta de este tipo: ¿Podría José Luís darnos un solo ejemplo en el que Trotsky haya llamado a formar un bloque electoral con la Kuomintang? Mejor aún, voy a facilitarle las cosas y evitar enredarnos en particularidades sobre China (ya que la respuesta obvia es “no”), mediante plantear la pregunta de manera más general: ¿Podría José Luís citar un sólo ejemplo en el que Trotsky haya llamado a favor de un bloque electoral con una fuerza como la Kuomintang, ya sea en China, en India, o en México? ¿Y qué tal Perú, y lo que planteó sobre Haya de la Torre? El problema no es, como lo quiere hacer ver José Luís en su respuesta, si Jaime está cuestionando la validez de hacer frentes con fuerzas burguesas o pequeño burguesas en torno a la independencia nacional, en torno a la defensa de recursos naturales en territorio nacional, o en torno a la defensa de derechos humanos y democráticos. Tal como ya le contesté: los frentes no sólo son válidos, sino que son indispensables para avanzar en la lucha por los intereses de los trabajadores y sus aliados. Lo que está en discusión no es la validez de apoyar la lucha en contra de la privatización de PEMEX, o en contra del fraude electoral, sino que el meollo del problema es la política de independencia de clase, misma que está ausente tanto de su primera como de su segunda respuesta. ¿Para qué se fue hasta China? El desafortunado ejemplo de la «alianza militar» con Chang Kai-shek realmente no hubiera sido necesario: Trotsky planteó un frente antiimperialista muy claro en contra del boicot del gobierno británico a México, tras la expropiación petrolera de 1938 (Writings... 1937-38, p. 358). Lo que es más, defendió enérgicamente al gobierno del Gral. Lázaro Cárdenas en contra del levantamiento de Saturnino Cedillo, quien actuó como agente de los intereses de las compañías petroleras expropiadas. Pero, nuevamente, el ejemplo se le hubiera atragantado a José Luís, ya que es incuestionable la postura de independencia de clase de Trotsky hacia el gobierno de Cárdenas y su partido, independientemente del muy sincero y profundo agradecimiento del fundador del Ejército Rojo hacia el asilo que se le había otorgado. ¿Dónde está la independencia de clase, tanto en la primera como en la segunda respuesta de José Luís? Bueno, tiene por ahí algunas frasecillas sobre «candidatos de clase», pero, en la práctica, está llamando a votar por candidatos del Partido de la Revolución Democrática (incluso por aquellos que no pertenecen al mítico «conglomerado de sectores nacionalistas, pequeñoburgueses y plebeyos que, en nombre del antineoliberalismo» enfrentan a la «oligarquía», como son los candidatos de la fracción «Chuchos» de dicho partido). El problema prácticoAún para varios participantes de la Oposición de Izquierda, la tenaz oposición de Trotsky a integrar al Partido Comunista de China al Kuomintang les pareció como algo extremo, incluso carente de sentido de la realidad. Después de todo, el Kuomintang contaba con las ilusiones de millones de personas que veían en él la continuación de la revolución nacionalista. ¿Pero realmente Trotsky era un enfermo ultraizquierdista, alguien que rechazaba todo tipo de frentes o alianzas con ese «conglomerado de sectores nacionalistas, pequeñoburgueses y plebeyos», y que no comprendía dónde estaba la «contradicción principal» en el «terreno político»? A juzgar por los argumentos de José Luís, Trostky debió, indudablemente, serlo; pero los resultados prácticos le dieron enteramente la razón a Trotsky, y no a quienes titubearon ante el Kuomintang. El papel objetivo de la burguesía china, como una burguesía subordinada a las grandes potencias imperiales, le impedía, prácticamente, poder levantar un movimiento nacionalista consecuente. Tal como lo demostraron las caídas de una ciudad tras otra, el Kuomintang tenía más miedo a los trabajadores, campesinos y nacionalidades de China, que a al ejército japonés. Por supuesto que Trotsky estaba del lado de China, y por tanto del gobierno de la Kuomintang, en contra del imperialismo japonés; así lo hizo saber en repetidas ocasiones; pero en lo que Trotsky hizo hincapié es que Chiang Kai-shek y su coalición no podían levantar el ánimo de la población, porque eso hubiera significado tener que hacer concesiones a los campesinos, en contra de los terratenientes; a las nacionalidades, en contra de los señores de la guerra; a los trabajadores, en contra de la burguesía «nacionalista»... Y este problema representa el meollo de la presente polémica. En una plática personal que tuve con José Luís, le pregunté cuál creía él que fuera la razón por la cual Trotsky se había opuesto a formar parte del gobierno del Frente Popular durante la guerra civil española. Me aclaró que España era un país que más bien pertenecía a los países imperialistas que al mundo colonial y semicolonial. Le insistí: eso es cierto, pero no fue la razón por la cual Trotsky se opuso a integrarse al gobierno del Frente Popular; y ello, a pesar del extraordinario peligro del triunfo del fascismo franquista. José Luís, entonces, no me supo contestar. Le expliqué, aunque no creo que me haya comprendido, que la independencia de clase en la España de los años treinta era un asunto de vida o muerte, y no un simple dogma fanático derivado de algún resabio ultrabolchevique, o de algún mal funcionamiento en la mente del fundador del Ejército Rojo: el Frente Popular, dada su composición, no podía emprender la reforma agraria que los campesinos requerían urgentemente, y que era la clave para quitarle el tapete debajo del piso al ejército franquista. Como sucedió, en efecto, la República terminó por ser destruida por el franquismo, antes que llamar a la ocupación de tierras y a la reforma agraria por parte del campesinado. Y a la incapacidad para emprender la reforma agraria habría que añadir la incapacidad para otorgar la independencia a Marruecos, medida que hubiera debilitado, o incluso obstaculizado severamente, al ejército franquista. Lo mismo podemos decir sobre la autonomía reclamada por las nacionalidades. Y la única manera de levantar la independencia de clase es mediante la organización de un partido político independiente de las fuerzas burguesas. La «alegría» de ApatzingánJosé Luís pasa, más adelante, a citar triunfalmente a... ¡Adolfo Gilly! La cita se refiere a la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas a fines de los años ochenta, y se las paso al costo, porque está genial: «El PMS y PRT están en una situación verdaderamente dramática. Sus actuales direcciones se han encerrado y se resisten a comprender el cambio de los tiempos. Sus militantes viven el drama mayor que puede vivir un revolucionario: en cada ocasión en que en estos días el pueblo mexicano está desbordante de alegría -Apatzingán, Uruapan, UNAM y lo que sigue- ellos están obligados a estar tristes. Lo que en este ascenso político de masas todos vivimos como grandes victorias, ellos lo viven como desengaño, aislamiento, retroceso, derrota.» Perdón por interrumpir la fiesta (la que José Luís tiene en su cabeza, por supuesto), pero, ¿siguen desbordantes de alegría en Apatzingán, Uruapan, en la UNAM? ¿Sigue Adolfo Gilly desbordante de alegría, viviendo y reviviendo las grandes «victorias»? De acuerdo a la lógica de José Luís, no estamos obligados a estar tristes por lo que realmente siguió: durante el periodo de Carlos Salinas, tras la traición política que instrumentó Cárdenas (y sobre la cual cada vez salen a relucir más detalles), perdieron la vida cientos de seguidores que habían estado ilusionados con la candidatura de Cárdenas. Salvo unos cuantos casos (que podemos contar con los dedos de una mano), los responsables de estos asesinatos políticos no han sido condenados por sus crímenes. Aún desde antes de nacer, el PRD ya traía a cuestas esta terrible deuda con sus seguidores, y no tiene visos de mostrar la mínima voluntad de saldarla. José Luís, sin embargo, hace a un lado los argumentos prácticos que le plantee sobre Atenco y sobre la represión en Oaxaca en 2006 (a raíz de las cuales López Obrador perdió sus posibilidades ganar), con el fácil expediente de un lugar común: Jaime cree «que ha descubierto el “hilo negro” cuando afirma que ni Cárdenas ni López Obrador son revolucionarios socialistas y que el primero es inconsecuente y traidor». Perdón, José Luís, pero ¿en dónde hago semejante afirmación? No es que yo crea que alguno de los dos sea «revolucionario» o «socialista», pero estás evadiendo los problemas de fondo mediante lugares comunes y frases de Perogrullo. El frente antineoliberal, con los que no son realmente antineoliberalesLa cereza del pastel está justo antes del subtítulo «Nuestra práctica política», en la parte conclusiva del documento de José Luís: «La afirmación de que el PRD es el “tercer partido burgués gobernante”, suena más bien a un exabrupto dictado por el hígado que por un razonamiento científico.» Pero si el PRD no es un partido burgués, ¿nos podría José Luís aclarar qué es? ¿Un partido «popular»? ¿Un «frente antineoliberal»? ¿Una alianza política «de las cuatro clases», como el Kuomintang? Cuando gobierna, ¿en interés de qué clase social gobierna? En varias partes de su documento, José Luís gusta de usar el (nítido y contundente) operador lógico «algo así como». ¡Aristóteles se queda en pañales! ¡Qué ley de la identidad ni qué ocho cuartos! Este nuevo operador resuelve cualquier problema a las mil maravillas... Pero hay algo todavía mejor, y éste es el operador lógico «no es algo peor que...». Leamos con cuidado: «El hecho de que el PRD esté ahora dominado por su ala más derechista y corrupta, no lo hace peor que cualquier otro partido reformista o socialdemócrata. El PRD es parte de esa “izquierda institucionalizada” que, a nivel mundial, ha capitulado ante el neoliberalismo y, efectivamente, solo aspira a limar las “asperezas” de esa doctrina. Discúlpame que no abunde más al respecto.» ¿Cree José Luis que el PRD es «otro partido reformista o socialdemócrata»? O sea, ¿este partido tiene su origen en el movimiento obrero, como es el caso del Partido Laborista británico, fundado en base a los sindicatos, o del Partido Socialdemócrata Alemán, que se forjó en las luchas obreras de fines del siglo diecinueve? ¿En qué sindicatos o fuerzas de trabajadores está basado el PRD? ¿Se le «pegó» ese carácter, vía contagio, como a quien le da un catarro? (Por ejemplo, se le pudo haber pegado, vía algún extraño mecanismo de acción y reacción cuando la policía del gobierno de Michoacán participó en el intento de represión a los mineros en el puerto de Lázaro Cárdenas.) Espero que José Luís se eche para atrás de semejante metida de pata, aún cuando podemos estar seguros que va a salir con nuevas evasivas (que sólo lo van a llevar hacia formular nuevos contrasentidos y proposiciones absurdas, tales como «la contradicción principal» que no es «la contradicción principal»). Pero pongamos, aunque sea sólo por un momento, que admita que el PRD es un partido burgués. Entonces, ¿José Luís se niega a creer a sus sentidos cuando ve que los gobernadores del PRD gobiernan para la burguesía? ¿O se niega a creer en sus sentidos cuando ve a senadores y diputados perredistas votar por las iniciativas del gobierno de Calderón? Pero lo mejor de todo la segunda respuesta es donde nos dice que el PRD «ha capitulado ante el neoliberalismo y, efectivamente, solo aspira a limar las “asperezas” de esa doctrina». Vaya, pues, la alianza que propone José Luís es un frente antineoliberal con quienes han capitulado al neoliberalismo. Y hay que llamar a votar por los candidatos de este frente antineoliberal que no es antineoliberal, ¿no es así? La independencia de clase, la necesidad de crear una alternativa política de los trabajadores y sus aliados es la única manera de resolver los absurdos en los que han caído muchos compañeros que, como José Luís, en algún momento creyeron que el PRD iba a representar sus intereses. El único argumento que plantea José Luís que tiene alguna semblanza de validez es donde dice que es necesario participar junto con la gente que está luchando contra la privatización de la industria energética, contra el fraude electoral, o en favor de otras demandas progresistas. Lo extraño es que formule este argumento como si lo estuviera dirigiendo en contra de la LUS: ahí simplemente inventa un monigote con el cual pelearse. La discusión no ha sido sobre la necesidad de realizar acciones de frente único o de apoyo a medidas nacionalistas (los cuales, dicho sea de paso, serían válidos incluso en casos como los gravámenes del gobierno mexicano a productos estadounidenses, ante la negativa de Washington a permitir la entrada de camiones de transporte a los EUA). Pero José Luís no tiene alternativa más que desviar la discusión hacia el terreno fácil de los adjetivos («sectarios», «me recuerdan a los ultraizquierdistas», «me recuerdan a los estalinistas», y otras linduras, tan acordes con el «fraternal y sincero» abrazo que me dedica al final): tiene que distraer la atención, porque no puede contestar a la necesidad de levantar la independencia de clase, en el contexto de las derrotas a las que han llevado los candidatos y los dirigentes centrales del PRD. Marzo del 2009 |
El pueblo trabajador y oprimido no tiene por quien votar Documento: Resolución de la LUS sobre derechos lésbico-gay ¿Cuál es la posición de los revolucionarios ante el PRD? Debate de José Luis Hernández Ayala con Jaime González Documento: Crisis terminal del PRD, y la necesidad de un partido revolucionario
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